Rescatemos los atractivos de Mérida
Por Armando Escalante Morales
Parte de la belleza de nuestra ciudad está en sus árboles. Mérida requiere que haya una orden para reforestar pero no un día ni un mes, sino diario; también hace falta que no la autoridad descanse hasta que se repavimenten aquellos costados de calles donde crece la maleza y de esa forma ponerle fin al chapeo incesante que nunca se acaba.
100 árboles diarios sería un buen principio para las autoridades que se van en 60 días. Aunque sea 6,000 que siembre el actual Ayuntamiento, pero en pocetas profundas y con variedades adecuadas cuyas raíces no rompan aceras y calles, ni los troncos se abran tanto a los costados que luego impidan el paso de vehículos. Hay que usar el sentido común.
Mérida reclama cuando antes el rescate de sus rotas escarpas y camellones; a la ciudad le urge una autoridad municipal que dedique todo su tiempo y esfuerzo en que así sea. Ese debería ser un plan trianual venciendo la tradicional idea de que el ciudadano debe construirlas. Esto no sucederá así que manos a la obra: ¡a construir y reconstruir escarpas!
La ciudad requiere de ideas prácticas que ayuden al ciudadano. Al que camina y al que no. Debemos volver -por ley o por decreto- a respetar los chaflanes. En los reglamentos debe velarse porque los fraccionadores cumplan con este que fue otro atractivo de Mérida porque sencillamente facilita y agiliza la vialidad.
Y si de servir al ciudadano se trata, en el centro de la ciudad debe darse prioridad a un sector olvidado: los motociclistas diligencieros que mueven la economía, yendo y viniendo a los bancos a meter y sacar dinero del comercio y de la industria. Ellos encadenan hoy sus vehículos a un poste, o los dejan a la buena de Dios en cualquier banqueta, expuestos a que pase la grúa o que un caco se los lleve. Como en muchos lugares del mundo hay que tomarlos en cuenta y darles espacios para que puedan dejar sus vehículos, motos o bicicletas, instalando postes o rejas especialmente diseñados para ese fin.
También nos falta un gran acuerdo con los restauranteros, esos que proliferan en el Paseo de Montejo para que, con el apoyo de la autoridad –si fuera necesario- sustituyan las antiestéticas sillas de plástico que les obsequian las cerveceras o refresqueras con feos logotipos, por otras que no le falten al respeto a la ciudad y a su entorno.
Ya no somos aquella ciudad cerrada, distante y sin diversiones; hoy tenemos muchísimos más habitantes que van y vienen, que nos visitan y retornan y los sitios de esparcimiento van en aumento. Los viajeros nos promueven pero también nos desprestigian si hacemos mal las cosas. Si queremos que Mérida permanezca o esté en el concierto internacional y que el turismo llene hoteles, acuda a espectáculos y abarrote comercios y restaurantes, debemos seguir algunas reglas, e imitar las cosas que funcionan en el mundo.
Un amigo comerciante insiste en decir que a él no le beneficia el turismo, que la vocación del centro es comercial y que los turistas no entran a sus tiendas. Se opone con su vida a las calles peatonales. Tiene razón, los viajeros no van a su tienda, pero resulta que esos trabajadores que compran telas y ropa laboran en hoteles, restaurantes y “curios” que si dependen de los visitantes. Y si a esos establecimientos les va bien, a los comerciantes del centro también. ¿Qué es lo que no se comprende?
¿Acaso esos consumidores no serán meseros, afanadoras, bell boys, camareros, cocineros? Un cochero o un vendedor de hamcas del centro de la ciudad que depende estrictamente de los turistas, también come y calza. Quizá está pagando un crédito de vivienda y el constructor ni imagina que para vender esa propiedad dependió del turismo. Así que ese peso también es peso. ¿O creerá mi amigo paisano que con el sueldo que paga a sus empleadas ellas pueden consumir mucho y en todas partes?
Si no fomentamos el cuidado de Mérida pensando en quienes nos visitan, es porque no tenemos una visión amplia de las cosas. La ciudad es netamente comercial, cierto, pero también depende de los dólares que recibe un maletero en propinas porque con ellos se viste y come, él y toda su familia.
Hay que pensar en transformar algunas calles del centro en atractivas zonas peatonales para el turismo dejando los miedos a perder la cómoda manera de ganar dinero que hemos tenido por años.
(continuará armajose@prodigy.net.mx )
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