Abandono en la ciudad
Por Armando Escalante Morales
La ciudad de Mérida se nos está yendo a los meridanos no solo porque ya entramos a los problemas propios de una urbe que supera el millón de habitantes sino porque todos, de alguna manera, no estamos haciendo nada por evitarlo. Hay cientos de detalles que pasan inadvertidos para mucha gente pero no debiera ser igual para sus autoridades.
La ciudad funciona con miles de partes, con la aportación de todos sus sectores y de gente, y como una buena máquina, requiere que sus engranes trabajen en las mejores condiciones.
Se nos conoce como “ciudad blanca” lo que propicia que muchas crean que es por la limpieza. Hoy vemos que la autoridad suplica a los vecinos que barran y cuiden sus frentes pero pocos atienden el llamado. Se les pide que saquen la basura solo en el día y en el tipo que corresponda, y vemos que no hacen caso. Es el ciudadano que no cumple el que lamentablemente predomina.
El criterio absurdo y cómodo de que “la ciudad más limpia no es la que más se barre, sino la que menos se ensucia” nos tiene como estamos. Mérida está percudida: basta caminar por el centro de la ciudad y mirar las banquetas, las cortinas metálicas de los negocios cuando cierran sus puertas, impregnadas de hollín y diesel de los autobuses. El concreto estampado hecho de material blanco, ahora es negro. Todo tiene grasa, tierra pegada de años… y ni qué decir de la basura regada por todas partes en la noche, cuando el turismo pasea.
En calles del Distrito Federal cercanas al zócalo y a la Alameda, empleados usan aspiradoras en carritos y no hay en el suelo ni una colilla o un papelito de chicle. Están tan limpias que la gente no se atreve a tirar nada. Es un asunto sicológico, que funciona. No ven basura en la calle, no la tiran.
A Mérida hay que desinfectarla, pintarla, pulirla, eliminar el cochambre que dejan las aguas negras y el aceite de las fritangas de los cientos de puestos ambulantes en decenas de esquinas; lavarle el lodo que se ha quedado impregnado en el piso, y rasparle los chicles que hay pegados por doquier.
La ciudad tiene un enorme atractivo en sus parques y zonas de ornato, por eso es importante que los cientos de confidentes y bancas de los parques estén impecables; deben limpiarse 10 veces al día, si 10 veces se ensucian, cueste lo que cueste. Son la imagen viva que representa y caracteriza a la ciudad.
Por eso también hay que salvar del abandono otra tradicional estampa que tenemos: los coches calesa. Hay que restaurar los que estén desvencijados, sustituir a los flacos caballos que los arrastran y apoyar a los aurigas en todo lo posible, con atuendos típicos, planos, mapas y folletos en general y por supuesto con una capacitación integral. También son promotores de la ciudad así olvidados como están.
Mérida es atractiva por todo esto y más. Sus barrios lo confirman: Santiago, Santa Ana, San Juan, San Cristóbal, el Chembech, la Mejorada…, pero en todos ellos abundan las casonas abandonadas que se han convertido en guaridas de vagos y malvivientes y cuyos propietarios solo esperan que una lluvia las tire. Otra vez el mal ciudadano es el responsable: fingiendo arreglarlas, les abren boquetes, y las abandonan -o de plano les tapan los caños del techo- para que el agua se encargue del resto y las derrumbe.
¿Qué se puede hacer? Mucho: por ejemplo se puede buscar a los dueños, convencerlos, apoyarlos en el rescate, facilitarles los trámites, impulsar las gestiones, sumarlos a proyectos integrales, o de plano, reparar -sin cobrarles nada- buscando la manera que lo permita la ley. Eso sería pensar en el turismo que nos visita.
(Continuará) armajose@prodigy.net.mx
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