Estrictamente personal
Raymundo Riva Palacio
07 de marzo de 2005
Andrés Manuel López Obrador necesita un milagro aritmético para ser un rival de peligro en las urnas, y requiere de cuando menos 3 y medio millones de votos adicionales a los que el PRD tiene
Andrés Manuel López Obrador está nervioso y dubitativo estos días, y quien lo ve con objetividad fuera de su círculo de cercanos y asesores, lo encuentra temeroso. Pero no hay que equivocarse. El ánimo que le observan no obedece a que el jefe de Gobierno del Distrito Federal tema ser desaforado e ir a la cárcel por desacato a la ley. El sentimiento proviene, estiman, que no está seguro que el corcel sobre el que va cabalgando a toda velocidad pueda controlarlo y evitar que se desboque. Sus asesores lo llevan en una estrategia de confrontación, pensando quizá que el mantenerse en lo alto de la agenda de discusión pública es la mejor manera de generar simpatías masivas que puedan traducirse en votos en 2006.
Si bien se puede argumentar a favor o en contra de esa peligrosa estrategia que polariza, enrarece y abre las posibilidades a que los grupos más radicales del PRD opten en algún momento por la violencia, los asesores tienen toda la razón en el largo plazo.
En las condiciones actuales, López Obrador y el PRD no tienen ninguna posibilidad de ganar la elección presidencial, pese a la bulla sobre sus cifras de popularidad. Estos manejos sirven mediáticamente, pero no vaticinan con certeza el número de votos que pueda alcanzar en una elección, ni garantiza que cada persona que se inclinó por López Obrador en este momento de alta exposición se traduzca necesariamente en un voto.
Se asoma algo de desesperación en algunos cuadros cercanos a López Obrador cuando se les empieza a secar la adrenalina porque, al final de cuentas, los números electorales no dibujan el futuro victorioso que proclaman ahora ni dan para el triunfo. Si uno revisa los resultados de la elección presidencial en 2000, verá que el PAN ganó con 15 millones 989 mil 636 votos, dejando al PRI con 13 millones 579 mil 718, y al PRD en un lejano tercer lugar con 6 millones 256 mil 780 votos. En los mismos comicios, el PAN tuvo 14 millones 212 mil 32 votos para sus diputados de mayoría, por 13 millones 722 mil 188 del PRI, y 6 millones 942 mil 844.
Si se colorea el mapa electoral de acuerdo con los triunfos, se ve el azul PAN y el verde PRI en todo el norte, mientras que de la mitad de la nación hacia arriba, amarillo PRD sólo se ve en Baja California Sur, Zacatecas y un puntito en el sur de Tamaulipas. Pintado de amarillo se encuentra Michoacán y Morelos, una parte de Guerrero y una buena tajada en el Distrito Federal, dejando otros puntitos en Tabasco. Fuera de ahí, el PRD, para afectos de peso electoral, fue invisible. Para 2003, en las elecciones intermedias, el PRI en alianza con el Partido Verde contabilizó 9 millones 804 mil 143 votos, contra 8 millones 189 mil 699 del PAN y 4 millones 694 mil 365 del PRD. De una a otra elección, aun considerando que siempre hay más votos en una presidencial que en una intermedia, todos los partidos bajaron su votación, aunque porcentualmente los 2 millones 448 mil 449 votos perdidos por el PRD significaron más, en términos porcentuales, que los que dejaron de tener sus adversarios.
Tomando como referencia esos resultados, López Obrador necesitaría más que duplicar la votación del PRD en 2000 y conseguir otros 7 millones y medio de votos para entrar en competencia por la Presidencia. Ahora, si se midiera el resultado presidencial con el total de votos que alcanzaron sus diputados de mayoría relativa en 2003, necesitaría convencer a poco más de 8 millones de mexicanos, que es la mejor oferta al alcance de su voto. O si se midieran las fuerzas electorales entre el total del voto de los diputados del PRD de mayoría relativa frente a los del PAN, que fueron segundo lugar en 2003, todavía quedarían cortos por 3 millones y medio de sufragios. La popularidad de López Obrador no ha sido traducida en votos. En 2003, los perredistas decían que la de López Obrador impulsaría al partido a la victoria, lo que no sucedió. Más aún, el abstencionismo creció en 22% (16 millones 560 mil 756 votos) en 2003, llegando a 56% en el Distrito Federal.
Los números de nuevos votantes que necesita López Obrador para entrar en competencia real son monumentales. No es casual que el diputado Manuel Camacho, convertido en uno de sus estrategas, esté organizando con ex priístas redes nacionales para encontrar fuera del PRD los votos que se requieren para llevarlo a Los Pinos. Tampoco extraña, dentro de esta caza de nuevas clientelas, que el golpeteo sistemático de López Obrador haya dejado de lado al PRI y se enfoque en el presidente Fox, suponiendo que en el PAN se encuentra el voto de castigo contra el PRI que necesita el PRD para 2006. En el PRI, su desaprobación social ha venido dando un vuelco importante, en particular en las elecciones para gobernador que se han realizado en el norte del país, donde los candidatos priístas arrebataron votos a los panistas, revirtiendo las tendencias de los 90.
La retórica inflamatoria de López Obrador y la movilización del PRD en contra del probable desafuero se tiene que entender dentro de una ecuación electoral: a mayor tiempo de confrontación con el gobierno federal, mayor desgaste para Fox y el PAN. Igualmente, esta dinámica permite a López Obrador ocupar permanente y prominentemente los espacios en medios de comunicación, particularmente los electrónicos, así como capturar la imaginación de la prensa extranjera. A López Obrador le beneficia prolongar la amenaza del desafuero, lo que le permite acelerar su estrategia de posicionamiento electoral y lograr que la espada de Damocles, que se pretende sobre su cabeza, en realidad sea él quien la empuñe cotidianamente.
Pero 7 millones de votos son demasiados y deben tener ese cálculo bastante hecho. De ahí se puede deducir que la dinámica de choque no cejará. Es el impulso que le quieren dar los asesores de López Obrador y lo que lo tiene con el pulso vibrando. ¿Dispone de la capacidad política para desactivar focos de violencia? ¿Tiene los recursos retóricos para desinflar las altísimas expectativas que ha creado? Cuando uno apuesta muy alto sólo hay de dos: o gana mucho, o pierde mucho.
En materia electoral, su apuesta es muy alta pero no tiene las fichas suficientes para acariciar objetivamente una victoria. Si un cálculo es perder por mucho, y comienza a notar que las cuerdas de sus amarres políticos se están convirtiendo en frágiles hilos, la mejor apuesta que podría hacer es que lo desaforaran y que un juez lo encontrara culpable de desacato, le quitara sus derechos políticos y no pudiera contender por la Presidencia. No llegaría a Los Pinos, pero podría alcanzar el sueño mesiánico que muchos acarician: pasar a la Historia como el hombre a quien le quitaron, diría el discurso, la Presidencia.
rriva@eluniversal.com.mx / r_rivapalacio@yahoo.com
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