martes, noviembre 09, 2004

Inolvidable profesor de periodismo

Por Armando Escalante Morales

Profesor y maestro del lenguaje llano, nos enseñó que, igual que en física, también a la hora de redactar una nota la distancia más corta entre un punto y otro también es la línea recta: me dijo que había que usar palabras directas, que bien encajen en la descripción del hecho y que sean suficientes a la hora de redactar un texto. Ni más ni menos. Gran conocedor del castellano, sin poses, ni ostentaciones del léxico rebuscado, Don Délmer Peraza Pacheco nos enseñó las artes escondidas que complementan el periodismo activo, el de la vida real, que se aprende en la calle y en el ejercicio, constante y arduo, reporteando todos los días con sol, lluvia, en las noches y en los días festivos.

Cerrando edición tantas veces, llegando a la redacción con un suéter en el brazo, no tanto por la frialdad nocturna sino para lidiar con al aire acondicionado de la sala de redacción, tuvimos la suerte y fortuna de acompañarlo en cientos de noches, quizá unas mil, cuando nos tocó cumplir la inolvidable, cautivadora guardia nocturna ―mejor conocida como “polinoche”― o bien tras cubrir el aeropuerto, o alguna otra comisión por las tardes.

Docto como el solo en las lides políticas del patio, ya no se diga en las que tienen que ver con el magisterio ―donde cultivó grandes amigos―, conocí a Don Delmer hace unos 20 años. Su estricto gesto me dio la impresión de que tendría problemas con él como jefe. Nada más alejado de la realidad, pues pronto cedió el paso a un gran conductor de mi incipiente aprendizaje. Mientras me tropezaba con el teclado de las máquinas, recibí siempre su apoyo certero que luego me acompañó en mi paso por el Diario, ya auxiliado con las primeras computadoras. Le perdí el miedo en poco tiempo; su pensamiento me conquistó. Entregaba sabiduría en cada llamada de atención. Era un gusto recibir un regaño de él, porque la lógica, el sentido común, siempre ganaba las partidas.

Tanto que aprender de él, cada día, cada semana, noche tras noche; solo pensarlo aún me emociona. Conviví con él durante más de una década absorbiendo de él los cursos intensivos que solo se consiguen a punta de laborar el periodismo de verdad, a fondo, día con día, noche tras noche y hasta madrugada tras madrugada: reporteando, y en especial las fuentes de aeropuerto, policía, palacio, comuna, y cualquier otra. Una madrugada con él era identificar los nombres de izquierda a derecha para construir un buen pie de foto, apoyarlo en no pocas ocasiones a revisar la Primera Columna para rescatar un posible error, adentrarse en las notas de todos los temas para repintar con rojo los yerros y las incongruencias, pero sobre todo, hallando en los renglones toda aquella frase que hiciera inexacta la información.

Verlo luchar a brazo partido para tratar de hacerme un espacio mejor para una nota imprevista, a pesar de que siempre nos avisaba: “dos párrafos, no hay espacio...”, “no te extiendas”. Sabía que la importancia del suceso bien merecían descomponer la paginación y hasta de plano rehacer una primera plana o los interiores, en aquellos días en que la noticia gobernaba los tiempos y no al revés. Esos centímetros ganados luego de una serie de recortes significaban la recompensa satisfactoria de ver publicada al día siguiente nuestra obra.

No cesaba de enseñar, pero tampoco se cansaba de aprender todos los días algo nuevo. Pese a que siempre lo vimos bien utilizar el español, no temía realizar periódicas consultas al diccionario: eran necesarias antes de dejar pasar cualquier duda. Podía ser a la hora de redactar un obituario en la madrugada, de última hora, a punto del cierre de edición o bien corrigiendo ―o rehaciendo― los primeros trabajos de los hoy viejos reporteros de mi generación. Esperaba con ansia los resultados y fotografías de la pelota que estoy seguro le servían para vivir en ausencia un buen juego de la temporada.

Dicen que lo que bien se aprende nunca se olvida: recibí de él valiosos consejos, aprendí los atajos y algo de esa síntesis pero sobre todo un sin fin de sencillos razonamientos que me ayudaban a la hora de escribir. En especial guardo un grato recuerdo de aquella noche cuando tras una jornada intensa de trabajo, en los pinitos del periodismo, cimbró mi novel ego personal, el mismo con el que llegamos todos a las redacciones creyéndonos reporteros al segundo mes de trabajo: “Golpes contusos en el cuerpo...” ¿qué es eso? ―me cuestionaba desde su escritorio, para con toda seriedad escuchar las explicaciones que según yo debían tener esas palabras puestas en una nota policíaca. Luego me daría una más sensata y contundente lección: “eso no existe, no le des vueltas. Los golpes son contusiones. Todas las contusiones son golpes”.

Malos o buenos alumnos, no olvidaremos estos múltiples detalles que atesoramos y ponemos en práctica en el uso diario y hasta procuramos tenerlos presentes para predicar con el ejemplo cuando así sea. Falleció el profesor don Délmer, uno de mis maestros de periodismo de toda una vida. Descanse en paz. Para los suyos, en especial para su hijo Délmer, compañero y amigo nuestro desde entonces, la pronta resignación y el consuelo eterno de poseer en su memoria el mejor de los recuerdos por tan semejante conductor de vida. Armajose@yahoo.com
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