* Prensa mala y prensa buena
* La manipulación de los medios
Por José Martínez M.
Pese a ser un invento mediático de los propios medios, Andrés Manuel López Obrador no mantiene buena relaciones con la prensa. La buena prensa a su entender es la que lo adula y le festeja sus ocurrencias. A la prensa mala, según el político tabasqueño, pertenecen todos aquellos que lo critican. Eso no es ninguna novedad, pues las relaciones entre políticos y periodistas anudan una complicada historia de simpatías y odios, de encuentros y enfrentamientos, de acercamientos y distanciamientos.
Políticos y periodistas se miran hoy con la desconfianza y recelo de dos transeúntes que se cruzan en el callejón oscuro y solitario durante una noche de invierno; esas situaciones, dominadas por el miedo mutuo, son el caldo de cultivo ideal para agresiones imprevistas entre viandantes paranoicos.
López Obrador se ha convertido en un manipulador de los medios. Exige, reclama que lo mantengan vivo en las encuestas. Desde que llegó a la jefatura de Gobierno de la ciudad de México una y otra vez insistió ante los medios que lo dieran por muerto, que no quería ser candidato presidencial. En medio del desprestigio de su agitada carrera política ahora clama que le den espacio los medios, que las encuestas lo sigan manteniendo en las preferencias, pero aun peor todavía dice estar orgulloso de ser acusado por quienes se aliaron a Carlos Salinas de Gortari, ¿entonces por qué López Obrador le ha pedido su apoyo económico al poderosísimo Carlos Slim? Otras pifias del tabasqueño resaltan como aquella que gritó a los cuatro vientos en su discurso en el Auditorio Nacional de que en su proyecto de nación "no tienen cabida los ambiciosos vulgares ni los funcionarios mediocres y ladrones". López Obrador no se cansa de escupir hacia arriba y termina siempre embarrado por su propia saliva en la cara. Al paso que va es seguro que termine en la cárcel al igual que sus principales operadores (René Bejarano y Gustavo Ponce) por ladrones y mediocres.
En buena medida la televisión ha alentado la carrera política de López Obrador, tal vez mañana estarán arrepentidos (como en Venezuela por los excesos de Hugo Chávez), pues en todo caso el fenómeno político del tabasqueño es un invento, una especie de engendro, de los medios electrónicos. Sin el morbo, sin el impulso de estos medios, López Obrador sería reducido a la camarilla política a la que pertenece, pues dispuso a su antojo el presupuesto del gobierno capitalino para enaltecer su imagen.
El caso de López Obrador es un ejemplo claro de cómo en la transición política que está experimentado nuestro país, los medios de comunicación desempeñan un papel decisivo en la proyección de algunos personajes. En el caso de López Obrador, el menosprecio y la hostilidad hacia los profesionales de los medios de comunicación es un síntoma de pulsiones autoritarias.
El tabasqueño en algunas ocasiones se ha comportado con los periodistas como el millonario de Luces de la ciudad con Chaplin, dándoles o reiterándoles el afecto según circunstancias imprevisibles para la víctima; algunos periodistas le han respondido con esa misma ambigüedad, más propia de las relaciones paternofiliales que de los tratos entre adultos.
El caso del ex jefe de Gobierno es digno de un análisis más profundo, pues las heridas producidas en su narcisismo tras su desafuero le han ido generando una pérdida de su relativa de influencia. Es aquí donde se diría que los políticos -especialmente si se sienten demócratas o de izquierda, pretenden algo más que encabezar las encuestas, ganar las elecciones y conquistar el gobierno.
No sólo se conforman con mandar; también desean ser queridos, admirados y respetados. De ahí que las acusaciones de arrogancia, corrupción, y incumplimiento de las promesas electorales, apego al poder y al doble lenguaje, no sólo lesionen la propia estima de esos políticos, sino que se lleven a desarrollar una paranoia defensiva, paralela a la susceptibilidad visual usualmente desplegada por los medios de comunicación.
El espectáculo resultaría ser dramático de no ser tan cómico: López Obrador se ha instalado en la esquina contraria del ring, se considera una víctima del gobierno federal y de la prensa y se refugian en los delirios paranoicos de una conjura. Los políticos como El Peje no soportan la imprevisibilidad y la autonomía de la prensa. No terminan de aceptar que los medios de comunicación deben sobre todo fidelidad a sus lectores, radioescuchas o televidentes, tanto por razones deontológicas, como por motivos prácticos.
La obcecada y unilateral persecución por el poder de los políticos no les permite entender, así, las razones por las que los periodistas publiquen informaciones desfavorables para sus intereses y favorables para sus adversarios. No aceptan existan valores y principios con entidad propia, a los que la prensa trata de representar o defender con mayor o menor fortuna, acierto y honradez. Los sesgos ideológicos y políticos de los periódicos y medios electrónicos no hacen, sino reflejar, también a través de sus cifras de venta, el pluralismo social.
Eso es lo que no lo entiende López Obrador quien se siente un iluminado, al grado de menospreciar la preferencia de los medios por la muerte del Papa que por la nota del desafuero, aunque para curarse en salud, en su discurso del mitin convocado la víspera de su desafuero pidió un "minuto de silencio" por el fallecimiento de su Santidad.
Así pues, para el gobierno perredista de la capital del país todos los intentos de contrarrestar la influencia de la prensa mala con prensa buena, esto es, incondicional y acrítica, están condenados a la ruina (también económica), al no respetar la legalidad interna del oficio periodístico, necesariamente ligado a la autonomía y a la estricta observancia de ciertas reglas elementales sobre la valoración de las noticias y la independencia de las opiniones.
De ahí, la presión de los gobiernos perredista y panista sobre los medios de comunicación públicos, especialmente la televisión, que les permite tirar con la pólvora del rey de los presupuestos y llegar a audiencias altamente influenciables.
Está claro que en los últimos años la vida política ha abandonado sus escenarios tradicionales para trasladarse a los medios masivos. Ese fenómeno conocido como videopolítica, implica una creciente dependencia de los partidos, las entidades gubernamentales y de los propios políticos con respecto a los medios de comunicación.
Habría que preguntarnos qué hacen los políticos con los medios y qué hacen los medios con los políticos, pero también qué papel le cabe al ciudadano en este nuevo escenario, y cómo debe situarse en relación con él para establecer sus propios criterios.
Vista de manera superficial, la videopolítica es una forma de comunicación adoptada por los actores políticos para vincularse con el público a través de los medios; un proceso dentro del cual, los periodistas no juegan papel alguno cuando el mensaje consiste en una seguidilla de avisos en televisión de un candidato, en este caso López Obrador, o cuando deben adoptar un papel pasivo limitándose a reproducir opiniones ajenas.
El ex jefe de Gobierno sabe que para sus intereses personales necesita a los medios y los sigue convocando, los manipula y busca frases efectistas como "luchar desde la cárcel" en su obsesión por el poder.
En su afán por contender a la Presidencia de la República, López Obrador está recurriendo a la espectacularización de la política.
Sabe el tabasqueño que es importante invitar a los votantes a apoyar más a su persona, al colocarse en el papel de la víctima, que votar por determinada ideología, programa o tradición partidaria. Su discurso es ambiguo, pero cargado de emotividad, sin ideas, pero cargado de provocaciones. En ese péndulo se maneja López Obrador, ante la docilidad de una prensa a la que no le importa ser manipulada con tal de regirse por el rating.
Lo peor de todo es que a pesar de su falta de credibilidad, los medios electrónicos han empezado a jugar un papel decisivo en los procesos electorales. Los políticos, a su vez, han recurrido a la radio y televisión para proyectar su imagen y su discurso. Aunque los ciudadanos siguen relegados en un segundo plano como meros espectadores de un proceso político en transición en el que éstos deberían ser los actores principales.(Publicado en La Crisis)
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